Se llama obsolescencia programada -también conocida como obsolescencia planificada- a la práctica industrial consistente en acortar deliberadamente la vida útil de un producto, de modo que -tras un período de tiempo calculado de antemano por el fabricante durante la fase de diseño del producto- éste se vuelva obsoleto, no funcional, inútil o inservible.
Si el documental de Cosima Dannoritzer -de título "Comprar, Tirar, Comprar"- tenía como objeto dar a conocer la existencia, definición, práctica e historia de la conocida como obsolescencia programada (en adelante OP), ésta líneas tienen por objetivo llamar la atención sobre otros fenómenos, tendencias o estrategias semejantes que podemos encontrar en nuestro modelo económico.
Antes que nada, una necesaria aclaración. Lo que describe la OP no es la cualidad perecedera de los productos (todos lo son, en mayor o menor medida) sino las actuaciones del fabricante dirigidas a restringir voluntariamente la durabilidad de sus artículos en pos de producir y vender un mayor número de ellos. Es decir, la OP es una conducta intencionada de un individuo o grupo de individuos. Y considerándola como tal no resulta complicado encontrar otras conductas empresariales destinadas a conseguir un mismo fin y que generan unas consecuencias similares. Enumeremos algunas:
La desechabilidad programada
Si la OP acorta la duración útil de productos que tradicionalmente tenían una duración mayor, la desechabilidad programada es la tendencia a publicitar y comercializar mercancías destinadas abiertamente a ser usadas y tiradas, para ser reemplazadas constantemente. La OP se intenta ocultar al consumidor, la desechabilidad, en cambio, se ofrece como una ventaja manifiesta: para cada artículo se ofrecen incontables justificaciones invocando a la comodidad, la salud, el ahorro de tiempo, etc.
Pañuelos de papel en lugar de pañuelos de tela; platos, vasos y tenedores para un único uso; bolsas de plástico desechables en lugar de bolsas duraderas... hay miles de ejemplos.
La planificación para el uso individual
¿Para qué compartir cuando lo puedo tener para mí solo? La mayoría de los aparatos mecánico/electrónicos más visiblemente asociados a nuestro modo de vida primermundista suelen ser diseñados y fabricados para ser destinados a un uso individual, pero pocas veces nos planteamos si podría o debería ser de otra manera.
El ejemplo más evidente lo podemos encontrar en el símbolo industrial más emblemático del siglo XX: el automóvil. Es una cuestión de relatividad cultural y de eficiencia energética. La lógica y la sostenibilidad claman a favor del transporte colectivo de pasajeros, pero la industria se impone a favor del coche. A todos nos parecería un despilfarro intolerable un bloque de viviendas con un ascensor para cada vecino, pero a muchos les parece aceptable equipar cada hogar con varios automóviles de cinco plazas.
La incorporación de trabajo innecesario
De nuevo el automóvil servirá de ejemplo, concretamente, el automóvil que yo conduzco. Un día, al llegar a la puerta del conductor me percaté de que el espejo retrovisor izquierdo pendía de dos cables. Otro vechículo había pasado demasiado cerca y lo había arrancado de cuajo. Pero la gran sorpresa del día no fue ese momento, sino horas despés, cuando me dispuse a cambiar el retrovisor por otro nuevo recién comprado.
El espejo roto estaba sujeto a la puerta con tres tornillos. Quité uno, quité otro y ¡sorpresa! Para quitar el tercero tendría que desatornillar primero otra pieza de plástico mucho más grande tapaba el tercer tornillo y, a su vez, estaba sujeta con seis tornillos más. Después de un rato logré quitar la tapa grande y coloqué el espejo nuevo en su sitio, pero de nuevo ¡sorpresa! Pude soltar el cable de alimentación electrica de su toma tirando, pero para conectar el nuevo tendría que desmontar lo que quedaba de puerta. En total, más de una hora de trabajo para hacer lo que podía haber hecho en tres minutos, si los responsables del diseño del coche así lo hubieran querido.
La intención en este caso era evidente: que hubiera encargado la instalación del nuevo retrovisor a un taller, lo que me hubiera supuesto un buen gasto en mano de obra, pues el trabajo necesario para la tarea había sido artificialmente manipulado.
Tanto la obsolescencia programada, como la desechabilidad programada, la planificación para el uso individual y la incorporación de trabajo innecesario son comportamientos de naturaleza y consecuencias casi idénticas. Todos están dirigidas por el fabricante/reparador/vendedor hacia el único fin de aumentar su facturación, sin tener en cuenta los efectos del sobreconsumo de recursos o los costos medioambientales de los desechos, ni las consecuencias negativas para los consumidores.
¿Se te ocurre alguno más? Esperamos tus comentarios.